domingo, 9 de agosto de 2009
Desierto
El oasis en medio del desierto finalmente cedió al inclemente sol, la pocas gotas de agua que quedaban no pudieron soportar la adversidad de verano eterno. Las huellas sobre la arena se han ido desvaneciendo con los días, recuerdos de amores pasados habitan cada grano de arena puesto suavemente por el viento en una duna a lo alto de la montaña y las tormentas que se desenfrenan sobre todo lo que ven a su paso nunca podrán borrar las caricias fundidas en al piel de los amates . el cielo ya no es el mismo de un lado y de otro, un toque de misterio y desconfianza ocultan sus miradas, unas nubes de desazón y melancolía se posan sobre el , cada rincón del inmenso desierto se colmo de abrazos golpeados y besos heridos que claman en medio de la inclemencia por ser recogidos. al final de la tarde el despiadado sol decide ocultarse, tras el llega la luna al rescate a darle un poco de brillo y esperanza a esas gotitas de vapor que lo absurdo de la naturaleza convierte en cristales de hielo, y confiando en ubicarse en una buena sombra espera no desaparecer en el intento por conservar su esencia intacta… su amor intocable cuando finalmente amanezca de nuevo y comience otra vez la lucha…
Ella
Y ella no era mas que una de esas tontas niñas engreídas que tanto le molestaban, ese día llego tan solo unos minutos antes al teatro luciendo su cabello rojo cuidadosamente arreglado que ni el paso de miles de carros humeantes del centro de Medellin le levantaban un pelo, de repente se metió en la conversación si ser invitada, presentándose, como si él no la conociera ya y a continuación dejo salir todo el esplendor de su tono burlón con un ¡ay! Perdón, es que no te recordaba, que termino por opacarle la tarde la función comenzó y por una buena vez en diez minutos esa voz chillona se apago y le dio un merecido descanso a sus oídos.
Era la tercera vez que lo veía y como ya era costumbre nunca lo recordaba, las visitas al teatro se habían vuelto para él el rincón de los olvidos, siempre la veía desde tan cerca y con tanta molestia que había decididos desechar por completo la idea de volver, esa tarde como era costumbre al salir del teatro siempre se iban al mismo bar, pero en esta ocasión por primera vez a ella nadie la recogió, decidió quedarse con el resto de sus compañeras y con él aquel sujeto X en el que quedaba reducido por ella cada fin de semana. Paso una hora después de que la función acabo y para ese momento se habían ido la mayoría de los acompañantes, el sol cayo y solo quedaban ella, una de las chicas y él, que no tenia muchas ganas de hablar en esa noche , estaba en medio de una conversación femenina llena de diminutivos tan poco interesante que lo mejor que tenia para hacer era jugar con la botella de de cerveza y utilizar la etiqueta de la Pilsen para lo que fue diseñada… arrancarla y pegarla en una mesa, en aquel lugar disfruto como nunca esa esplendida capacidad que tiene los hombres para dejar la mente en blanco y escapar del mundo cuando este los empalaga.
Los ojos de él no se apartaban de la botella ya casi vacía , la movía de un lado a otro y disfrutaba del ruido que causaba cuando chocaba con cada pequeña ranura que tenia la mesa, subió la cabeza, por un momento decidió salir de su letargo y tomar parte en la conversación. – de que están hablando, pregunto él, ella lo miro extrañada con esos ojos acusadores de siempre , a diferencia de lo que él esperaba escuchar de su boca salió la palabra mas inesperada. – de guerras. Y como si fuera un eco imposible de callar que se repetía y se repetía en su cabeza y no lo dejaba pensar que podía saber una niña como ella de guerras, tontamente pregunto – de guerras, ella levanto una ceja y respondió lentamente si… de guerras y continuo con su convincente discurso con tantos detalles como si realmente hubiese estado allí, contando cada preciso suceso, la muerte de archiduque Fráncico Fernando, la invasión a Viena , la pobreza de la postguerra; todo salía de su boca como un cuento con anzuelos que lo atrapaban y lo halaban hacia ella, que lo anudaban a cada una de sus afirmaciones, en ese instante por primera vez dejo de verla y la miro, la observo, la noto y la extrajo del decorado del bar, por fin en todo ese tiempo la tuvo en cuenta, su risa no era mas un desorbitado estruendo que retumbaba en sus oídos y su voz se volvió tan delicada tan sutil, el pidió otra cerveza pero esta vez la etiqueta que intacta, esa noche el fue quien la llevo a su casa , esa noche ella existió y él jamás pudo volver a borrarla de su cabeza.
Natali Echeverri Guarín
Agosto 09 de 2009
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